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viernes, 24 de agosto de 2018

Si te fuiste de España, lo peor que puedes hacer es venir de vacaciones a España

Si te fuiste de España, lo peor que puedes hacer es venir de vacaciones a España

Si te fuiste de España, lo peor que puedes hacer es venir de vacaciones a España

Volver a casa puede ser motivo de alegría, pero también de desconcierto absoluto.

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Qué gusto da volver a casa, a los códigos y los amigos de siempre, a las cañas y a las tapas, a cargar pilas y afectos... Realmente como en España no se vive ni se come ni se ríe en ningún lado, ya sabes, y estos días no tienen precio... o espera un momento. Que estoy cerrando otro verano en el que me vuelvo de España y, vale, todo muy guay, pero me acabo de dejar un dineral en diez días y no soy precisamente Rockefeller.

Cuando vives en un país extranjero, el viaje anual a España no es discutible... o eso quieres creer como emigrante de primer mundo. Pero si bien es cierto que uno necesita volver al útero materno, a veces le gustaría que el resto entendiera el tremendo esfuerzo económico que esto supone y lo que provoca a fin de cuentas (literalmente) quedarte con la sensación de que te has arruinado y te has fundido casi todas tus vacaciones en ese derecho fundamental (desde tu punto de vista) obligación moral (desde el de tu madre) que es volver a casa.

Cuesta hacer entender a esa vida social que cada caña y tapa multiplicada por 50 sale como ir a un tres estrellas Michelin. Que estos días en el pueblo te han salido como un viaje a Japón con el rail pass incluido y que, aunque la emigración aparentemente te convierta en un hombre de mundo, en realidad acaba reduciendo tu catálogo de viajes a dos destinos: tu país de acogida y tu país de nacimiento.

Pero al margen de lo económico, que al final el dinero es verdad que es lo de menos, existe una sensación amarga multicausal que convierte tus vacaciones en España en un caramelo envenenado. Empezando suave, queda la frustración de volver siempre a una versión acelerada y un poco falseada de lo que fue. A veces a uno le gustaría volver, sí, pero mirando desde una cerradura para ver cómo es la vida de siempre como siempre, no con la cuenta atrás de tengo diez días y quiero ver a toda esta gente y solo puedo mezclarlos si quiero llegar a todo. Evitar el hablamos-pero-al-final-es-solo-ponernos-al-día y me voy que he quedado con el siguiente para repetir el proceso.

A veces me gustaría que la gente no se tomara a mal que vio en Facebook que pasé por España y no le avisé o, lo contrario, que yo no me llevara un disgusto si alguien no cambió su rutina de siempre por verme aunque fuera un rato. Llevar mejor que cada vez que ves a alguien te diga "bueno, pues a ver si nos vemos antes de que te vayas" cuando eso es justamente lo que están haciendo en ese momento. A veces me gustaría que mi madre no me soltara de golpe todo el cariño acumulado en tantos meses hasta casi fundirme y asfixiarme, sino que fuera la madre cotidiana del afecto rutinario.

A veces me gustaría quizá conocer zonas de España que antes no conocía, pero estando tan cerca, ¿cómo no vas a pasar a vernos aunque sea a darnos un abrazo? Y, sobre todo, me gustaría gestionar todo esto sin ser ingrato con todo el amor que me dan pero sin ser injusto conmigo mismo y los límites del tiempo, del espacio y de mis propias energías. Porque sí, estoy de vacaciones pero cualquier parecido con el descanso es pura coincidencia.

Pero quizá lo peor de todo, lo más angustioso, son los melones que se abren, a veces uno a uno, a veces todos de golpe, cada vez que pisas territorio español por unos días. ¿Volveré algún día para quedarme? ¿Y si me deslío la manta de la cabeza y no tomo el avión de vuelta? ¿Realmente he cambiado todo por una oportunidad laboral? ¿Me estoy perdiendo el envejecimiento de mis padres y el crecimiento de mis sobrinos? ¿Empiezo a sentirme un extraño en mi propio país? ¿Se están inevitablemente olvidando de mí? ¿Cambia el país en el que vivo mi manera de ser y pensar de manera irreversible y para cuando vuelva seré un inadaptado? ¿Estoy dedicando mis mejores años a un país y una gente que no es la mía? Y así de entretenida empieza la depresión postvacacional del emigrante. Nos vemos el año que viene como tarde. Todavía tengo que ver si en Navidades puedo escaparme. Está complicado y los billetes prohibitivos, pero a ver qué puedo hacer.



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